Un día mientras daba clase a adolescentes los observaba y pensé carpe diem muchachos, carpe diem. Los observo distraídos, llenos de pensamientos en sus cabezas, preocupaciones, o simplemente aburridos (¡que pereza la clase de lectura!), entonces, como es natural, la mente viaja a otros lugares para irse de un lugar que genera incomodidad, y aprender algo nuevo y qué además no despierta nuestro interés sí que genera mucha incomodidad.
Sin entrar en debates de que el problema es el sistema educativo o no, el punto es lo distraídos que estamos en la vida. La mayoría del tiempo me observo a mi misma yendo a otro lugar mentalmente, constantemente, cuando algo me genera gran incomodidad, es una forma de huir del dolor. Pensaríamos que es lo más normal e incluso lo más conveniente, una forma que hemos desarrollado para poder lidiar con situaciones que nos abruman y sobrepasan emocionalmente, sin embargo, lo que yo he observado es que se convirtió en una forma de “vivir”. Sacarnos del momento presente y siempre estar en el pasado y en el futuro, previendo lo siguiente que sucederá para anticiparnos y estar preparados o cultivando culpas, remordimientos o dolores que aun nos angustian y nos carcomen.
Estamos condicionados para pensar que la vida esta después…
A mi particularmente me parece bastante triste esta forma de “vivir”. Me recuerdo en mi infancia queriendo crecer y poder irme de mi casa, en mi adolescencia entrando en la universidad y ver el lejano camino que aun tenia en frente por recorrer y agotarme solo de imaginarlo (jajajaja) y pensando que la vida empezaría cuando me graduara de la universidad y ya pudiera tener la “vida deseada”. Viví la vida como una promesa y aún no sé de qué.
La película Boyhood: momentos de una vida retrata esto de forma magistral, sobre todo el personaje que hace de madre del protagonista, ya que, no solo es la representación del sacrificio, la postergación de tu propia vida, sino también la dificultad para tener una vida propia que vaya más allá del personaje de madre, profesional, profesora, psicóloga, etc.
¿Qué es entonces la vida sino perseguir un cumulo de metas que tienen la promesa de una vida plena?
Buscamos ser y vivir a través de lo que hacemos y hacemos un montón de cosas movidos por esa promesa de plenitud y felicidad y cuando realmente volteamos a ver hemos estado ausentes, autómatas día tras día caminando el sendero que nos han marcado con la promesa que YA SABEMOS que es irrealizable.
¿Qué otras opciones nos quedan? ¿Qué más es posible? Si lo que hemos visto y aprendido generación tras generación es esto… vidas vacías de sentido.
Vidas vacías de sentido…
Cuando pensamos en el sentido pensamos incluso en algo trascendental, como una especie de misión especial que nos otorgan a todos pero que solo ciertos seres especiales logran comprender y acceder a esa información y logran “cumplir su misión, su propósito elevado de vida” y solo entonces su vida cobra sentido. Pero realmente yo siento que es mucho más simple que eso, una vida con sentido es una vida que se vive a través de los sentidos y para vivir a través de tus sentidos has de estar conectado con lo que sientes, has de escuchar el pulso de tu corazón, la vibración que emana tu cuerpo, ese lenguaje que no se transmite en palabras sino en sensaciones.
Que no se nos vaya la vida buscando el océano sin darnos cuenta de que ya estamos en él.